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El
propósito del presente trabajo es el estudio de la inicial contribución
española al llamado computer art o
«arte cibernético», una de las más conspicuas corrientes tecnológicas
aparecidas en la escena artística internacional durante la segunda mitad de
los sesenta. La primera idea del mismo, muy desdibujada aún, surgió a raíz
de una reducida muestra individual de obra reciente de Manuel Barbadillo
que organicé al comienzo de la temporada 1992-93 en la sala
de exposiciones de la Diputación Provincial
de Málaga, donde tuve ocasión de mantener algunas
conversaciones con el autor, tanto acerca del desarrollo y significación de
la abstracción geométrica en este siglo como sobre el papel desempeñado por
la computadora en la evolución del arte en el periodo de la posvanguardia. Los
orígenes del «arte cibernético» en nuestro país se sitúan, con inusual
precisión, en el seminario que con el nombre de Generación Automática de
Formas Plásticas
se constituyó, a instancias de Ernesto García Camarero
, en el Centro de
Cálculo de la Universidad
Complutense de Madrid (CCUM) en diciembre de 1968. El núcleo
esencial de mi investigación corresponderá, pues, al periodo de
funcionamiento del seminario, prácticamente disuelto en la primavera de 1973,
aunque ya desde el curso 1970-71 aparecieron los primeros síntomas evidentes
de descomposición. Esta experiencia, aunque sólo sea por su precocidad en el
tiempo —alrededor de un
año después de la generación de los primeros gráficos de ordenador
realizados con una intención expresamente artística en los Estados Unidos y
transcurridos sólo unos meses de la decisiva exposición
Cybernetic
Serendipity, es decir, la muestra
londinense que consagró internacionalmente la tendencia—, ha sido, a mi
juicio, uno de los acontecimientos más relevantes de la aportación española
a la neovanguardia internacional, si bien estas páginas tratarán de
clarificar y distinguir entre los aspectos simplemente novedosos y de efímera
seducción por parte de algunos de sus protagonistas a lo que podría con
cierta ligereza interpretarse como una tendencia más de las modas estéticas
imperantes a finales de los sesenta, y la contribución seria y rigurosa de
otros. En
relación con esta última aportación, el trabajo supone también, y quiero
subrayarlo expresamente, un reconocimiento a la labor desarrollada por
Florentino Briones, director de la
institución durante los casi cinco cursos académicos en que estuvo activo el
seminario, y por el ya mencionado García Camarero, subdirector a la
sazón del Centro. El que ambos procediesen del campo de la ciencia
matemática, quizás explique el sincero esfuerzo que realizaron por
comprender la naturaleza intrínseca de los fenómenos artísticos, con unos
resultados que hoy, creo que con la perspectiva suficiente, estamos en
condiciones de calificar de notables e incluso de excelentes en determinados
casos, según atestiguan los abundantes escritos donde dieron cuenta de sus
investigaciones sobre la relación entre el arte y la máquina. En
correspondencia con el objetivo primordial y el núcleo de la investigación,
esto es, la experiencia desarrollada por el seminario de Formas Plásticas
en el Centro de Cálculo, en su doble
vertiente de análisis y debate teórico de la compleja relación entre la
creación artística y la computadora y de obtención de unos resultados
concretos en forma de artículos y comunicaciones aparecidas en las
publicaciones del Centro, y en forma, principalmente, de productos estéticos
acabados, las páginas que siguen sólo estudian, en el caso de los artistas
que fueron miembros del seminario, la producción que realizaron en el
transcurso de su vinculación al Centro, bien fuese, insisto, obra física
concreta o análisis e investigaciones teóricas en relación con el campo de
las artes plásticas. Ello no impide, naturalmente, que no se tenga en cuenta,
cuando sea necesario, la evolución de sus respectivos trabajos hasta el
momento de su pertenencia al seminario, pero siempre tratada con un carácter
de aclaración general. En este sentido, resulta paradigmática la producción
de Barbadillo, sobre todo desde
principios de 1964, ya que, de un lado, sus investigaciones acerca de la
naturaleza binaria de la forma, y, de otro, el hallazgo del primer módulo con
el que realizaría sus composiciones entre 1964 y 1968, lo predispusieron,
aunque al principio no fuese muy consciente de ello, al posterior encuentro
con la computadora, llegando incluso a intuir, hacia 1965, la conveniencia de
un tratamiento informático para el mejor desarrollo de su obra. Resulta
lógico, de otro lado, que estas páginas presten especial atención y
dediquen más espacio a aquellos artistas que, en un momento determinado de
sus respectivas trayectorias vitales, más a fondo se comprometieron con la
experiencia llevada a cabo en el Centro de Cálculo, es decir, aquellos
cuya participación fue más activa y, en consecuencia, se tradujo en un mayor
número de comunicaciones presentes en las publicaciones del Centro y en una
mayor abundancia de obras realizadas a partir de los programas elaborados por
los técnicos informáticos de la institución. Desde esta óptica, a mi
juicio, los artistas clave de la experiencia madrileña fueron José Luis
Alexanco, Manuel Barbadillo
y José María López Yturralde, y ello al margen de
que el segundo de los tres haya sido el único de los participantes en el
seminario, si exceptuamos a Elena Asins
(aunque en este caso la adopción de la máquina como
herramienta de trabajo fue posterior a la disolución del seminario), que ha
continuado desde entonces hasta hoy haciendo de la computadora el instrumento
básico de su labor artística. Junto
a ellos, también sobresalieron por su trabajo y aportación al seminario
Gerardo Delgado, Tomás García
Asensio, Ignacio Gómez de
Liaño, José Luis Gómez
Perales
y Manuel Quejido, así como el
arquitecto F. Javier Seguí de la Riva. En cuanto a Soledad Sevilla
y Elena Asins, la primera, si bien fue una asidua asistente a
las reuniones desde el principio, su juventud y, por tanto, natural
inexperiencia, explican la discreción de su contribución, aunque no por ello
menos entusiasta; la segunda, además de asistir a muy pocas reuniones, no
llegó a realizar en el Centro ninguna obra con la computadora, circunstancias
que en absoluto le han impedido reconocer en reiteradas ocasiones la deuda contraída
con el seminario. Un
caso mucho más complejo y, en cierto modo, controvertido, es el de Eusebio
Sempere, sin duda el artista
participante con mayor proyección nacional en el momento en que se creó el
seminario. Su acusado sentido ético y honestidad personal se hallan, a mi
juicio, en la raíz de su distanciada reserva y constructiva posición
crítica ante la experiencia, precisamente por no terminar de ver con claridad
qué podía aportar la tecnología y en concreto la informática al universo
de la creación artística. Sólo desde la perspectiva de un espíritu
proclive al experimento y auténticamente vanguardista como el suyo, atento
por tanto a cuantas novedades con una base rigurosa surgieran a su alrededor,
puede explicarse la atención y el interés que en él despertó el proyecto
materializado en el Centro de Cálculo, aunque se tradujese
en muy pocas realizaciones concretas. Otro
artista, a su vez extraordinariamente singular, difícil de situar en la
experiencia madrileña es Luis Lugán, ya que, si bien
participó en las exposiciones organizadas por el Centro, no llegó a
producir, que yo sepa, ninguna obra entonces con el concurso de la
computadora. Su asistencia a las reuniones, además (eso al menos se desprende
de la puntual información suministrada por el Boletín del Centro), debió
ser muy escasa, no quedando tampoco constancia de ninguna comunicación
escrita. Además
de Lugán, hay una extensa nómina de artistas que, aun cuando en algunos
casos participaron en las exposiciones organizadas por el Centro y asistieron
durante un determinado periodo a las reuniones, lo hicieron de forma
esporádica e irregular, siendo asimismo muy escasa o prácticamente nula su
presencia en las diferentes publicaciones editadas por la institución en
aquellos años. En este apartado podrían nombrarse, entre otros, a Waldo
Balart, Abel Martín, Herminio Molero, Enrique Salamanca
y Eduardo Sanz. De
las líneas precedentes se deduce, asimismo, que no es propósito de este
trabajo detenerse más que lo estrictamente necesario en aquellos autores que,
aun habiendo participado de manera esporádica en algunas de las actividades
programadas por el Centro de Cálculo, fundamentalmente las exposiciones
colectivas a las que fueron invitados, no llegaron nunca a formar parte del
seminario de Formas Plásticas. Para los fines que
aquí se persiguen es suficiente con los datos ofrecidos en cada caso concreto
por las publicaciones del Centro, sin obstáculo de que, siempre que lo crea
oportuno, consigne determinadas referencias bibliográficas básicas. Entre
otros, y los adelanto sólo a título de orientación general, serían los
casos de Lily Greenham, Amador Rodríguez, Lorenzo Frechilla, Equipo 57
y Vasarely. De
otro lado, he creído conveniente dedicar dos capítulos preliminares a otras
tantas cuestiones directa o indirectamente vinculadas con el tema principal.
El primero de ellos, consagrado a Norbert Wiener
y el origen de la cibernética, en el que se incluyen algunas
breves consideraciones sobre las implicaciones sociales, morales y
filosóficas de esa nueva ciencia, pienso que se justifica sobradamente, ya
que en el fondo de la experiencia madrileña subyace una genuina preocupación
por las consecuencias derivadas del uso de la computadora en la realización
de productos artísticos. Asimismo, uno de los más preclaros representantes
del computer art en nuestro país y figura destacada de las páginas que
siguen, Manuel Barbadillo, cuya solicitud de orientación al CCUM en la
primavera de 1968 —por
sugerencia de Mario Fernández Barberá
, quien en ese momento
desempeñaba tareas ejecutivas en la división madrileña de IBM
y era su hombre de confianza en el CCUM, dotado por la
multinacional de un moderno equipamiento—, en el sentido de si la
computadora podía resultar un instrumento válido para resolver determinadas
operaciones de cálculo, muy laboriosas y tediosas, en la combinatoria de las
estructuras modulares a que había llegado la evolución de su trabajo
artístico, ha dejado constancia escrita de la viva impresión que le causó a
principios de los sesenta la lectura de Cibernética
y sociedad, libro fundamental de Norbert Wiener
en el que el matemático estadounidense describe las
particularidades de la fascinante ciencia por él bautizada y sus profundas
relaciones con los más importantes campos de la cultura y de la actividad
humana
[1]
. Dado que tendré ocasión de referirme con suficiente detalle en
esta investigación a la progresiva influencia del sugestivo ensayo sobre el
joven pintor recién llegado entonces a España desde Nueva York, me
conformaré ahora con subrayar un aspecto clave. Sobre todo en el caso de
Barbadillo, aunque también,
pero en mucha menor medida, en el de otros de los artistas aquí estudiados,
más que hablar de computer art,
esto es, un tipo de arte producido con el auxilio de la computadora, resulta
más exacto adjetivar sus obras como ejemplos de «arte cibernético», en el
sentido no sólo de que encierran una condición «cibernética»
en la propia sintaxis de sus elementos componentes, sino en el
mucho más relevante de que contienen implícitamente una concepción
«cibernética» del universo
[2]
. Este carácter «cibernético», tanto en su dimensión
sintáctica como semántica, frente al estrictamente computerizado, estimo que
es decisivo en cualquier análisis que se haga de esas obras. De ahí la
trascendencia de aquél y otros ensayos del científico norteamericano, que
serán oportunamente comentados en el lugar correspondiente. En
cuanto al segundo de los capítulos preliminares, está dedicado a la génesis
y desarrollo del computer art hasta
finales de los sesenta en Estados Unidos, Europa, Japón y algún que otro
país donde la corriente tuvo cierta influencia en determinados círculos
artísticos, como es el caso de Argentina. Los nuevos comportamientos
artísticos vinculados al uso de la computadora, no sólo van a suponer un
punto de referencia inestimable para los participantes en la experiencia del
CCUM
, sino que harán
posible fecundos intercambios, con colaboración física y artística incluida
—a través de exposiciones, mesas redondas, conferencias—, que
dinamizarán notablemente y ayudarán a dotar de un incuestionable aire
internacional a la experiencia española. De otra parte, aunque para la
inmensa mayoría de los participantes en el seminario madrileño la
calculadora electrónica fuese únicamente un potente instrumento o
herramienta de trabajo mediante la cual se podían hacer mucho más
rápidamente las complejas operaciones intermedias necesarias para la
obtención del resultado final, ello no significa que no estuviesen atentos y
mostrasen interés por la otra actitud dominante en el panorama mundial,
aquella que consideraba los programas de ordenador como un fin en sí mismo,
es decir, que el software, con independencia de la elaboración material de la obra,
es tenido como un auténtico producto estético, ya que, según ha explicado
Moles, lo verdaderamente
importante era la idea, la elaboración de un programa estético y matemático
que, una vez llevado a cabo, convierte en secundario el objeto, la mera obra
artística como producto material con un soporte físico
[3]
. En
las páginas de este trabajo, de otra parte, se harán constantes referencias
y se empleará en numerosas ocasiones un vocabulario procedente de la
estética de la información, fundamentado en el hecho de que esa corriente de
pensamiento estético, cuyos principales formuladores han sido el alemán Max
Bense
y el francés Abraham Moles, constituye un corpus teórico imprescindible en el estudio y análisis de las
obras de la tendencia tecnológica aquí investigada. No debe olvidarse que
los miembros del seminario madrileño, como tendremos ocasión de comprobar,
hacían permanentes alusiones en sus artículos, comunicaciones e
intervenciones en las sesiones de trabajo a los textos de ambos teóricos,
junto a los de otros de menor relieve. La difícil y hermética terminología
de la estética teórico-informacional salpica por doquier los escritos de
muchos de los participantes en el seminario, algo que se explica fácilmente
si tenemos en cuenta el predicamento de que gozaba entonces en ciertos
ámbitos el uso del lenguaje con un fuerte contenido científico para
referirse a las obras artísticas. Si a esta inclinación dominante por
aquellos años en el discurso artístico le añadimos que las nuevas obras
producidas con el concurso de la máquina, casi siempre en la tradición
abstracto-geométrica, resultaban poco menos que indescifrables y enormemente
resistentes al análisis efectuado con el lenguaje convencional, convendremos
en que la aportación de la nueva estética prestó unos inestimables
servicios al devenir de los nuevos y sorprendentes comportamientos
artísticos.
[1] WIENER, N.: Cibernética y sociedad. Buenos Aires, Sudamericana, 1969. Además de habérmelo relatado en diversas ocasiones, Barbadillo se ha referido al fuerte impacto que le produjo la lectura del libro de Wiener en su artículo “My Way to Cibernetics”, publicado originalmente en la obra colectiva Artist and Computer, Nueva York, Harmony Books, Edit. Ruth Leavitt, 1976. El mismo artículo, pero con distinto título, Homenaje a Norbert Wiener, ha sido publicado en castellano en CASTAÑOS ALÉS , E. (coord.): Manuel Barbadillo. Obra modular (1964-1994). Málaga, Fundación Pablo Ruiz Picasso, 1995, págs. 77-79. [2] Véase mi artículo La estética de los dioses. Arte y cibernética en la pintura de Manuel Barbadillo. Málaga, diario Sur, 27 de octubre de 1995. [3] Sobre la distinción entre las dos actitudes que pueden observarse en la estética creadora del «arte cibernético», véase MOLES, A.: Art et ordinateur. París, Casterman, 1971, págs. 85 y sigs.
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